Ser y acontecer

En vísperas del día decisivo, Penélope aparece inesperadamente en la sala de los hombres donde también se encuentra Odiseo, reconocido únicamente por Telémaco. Los pretendientes están entusiasmados por su aspecto. Nunca pareció tan hermosa, y a cada uno le arde el corazón de vehemente anhelo. Odiseo la vuelve a ver por primera vez, y la mira con orgulloso encanto. La escucha hablar a los pretendientes con palabras alentadoras pero sabe que su corazón piensa de otra forma. Así, como el más maravilloso premio, encantando a ambos bandos, está la mujer por la que lucharán a muerte al día siguiente, ante los ojos de los impetuosos pretendientes y del propio marido. Ésta fue la intención de Atenea. El poeta nos narra (Odisea 18, 158 y sigs.) cómo inspiró a Penélope la idea de mostrarse a los pretendientes; se ríe súbitamente de un modo raro; dice a la sirvienta que tenía ganas de acercarse a los pretendientes por muy odiosos que fueran; quería hacer una advertencia a su hijo sobre el arriesgado trato con ellos, y la despensera le aconseja lavarse primero las lágrimas y ungirse todo el cuerpo con aceite. Pero Penélope nada quiere saber, sólo da orden de mandarle dos sirvientas. Así queda sola unos minutos, aprovechados por Atenea, quien le infunde dulce sueño; Penélope se recuesta en un sillón y sus miembros se aflojan. Mientras reposa, Atenea le unta su cara con una preciosa untura de la que Afrodita se sirve cuando va al corro de las Cárites, hace aparecer su figura más alta y llena y su cutis más blanco que marfil. Ahora las sirvientas entran charlando por la puerta y Penélope se despierta, se pasa las manos por la cara, asombrada de haber dormido. Nadie sabe qué pasó en tan breve lapso. Pero la mujer real resplandece de hermosura cuando traspone la puerta de la sala entre las sirvientas. ¿Qué ocurrió aquí, un milagro o lo más natural? El repentino deseo que extrañó a la misma Penélope provino de la profunda sabiduría femenina, y justamente éste era el medio de la providencia divina. Y el sueño ¿no es siempre algo natural y a la vez milagroso, tanto en su esencia como en sus efectos? Cuando Odiseo, después de infinitos sufrimientos y penas, estaba a salvo en la costa de los feacios, ten dios le infundió infinito sueño a los ojos para que, cubriendo los párpados, terminara cuanto antes sus sufrimientos (5, 491).
Otra imagen: en el tumulto de la batalla un gran temor puede atacar repentinamente al poderoso, como le ocurrió al gran Áyax (Ilíada 11, 544 y sigs.), quien se detuvo atónito, echó el escudo sobre los hombros y retrocedió paso por paso; se retiró pausadamente, volviéndose siempre, pero se retiró. El poeta lo expresa así: Zeus suscitó el impulso a la huida en el corazón de Áyax, éste pudo salvarse, pero Patroclo cayó sin defensa en enanos del enemigo (Ilíada 11, 544 y sigs.). En lo más duro del combate, Apolo le salió al encuentro. Patroclo no lo vio, sólo sintió la mano poderosa que golpeó desde atrás sus hombros, le sobrevino un mareo y sus ojos se torcieron. Apolo tiró su casco en el polvo, rompió la lanza en sus manos, el escudo cayó de los hombros al suelo y el dios le desató también la coraza. Allí estaba, confundido, entorpecido, con los ojos vidriosos. La lanza de Euforbo lo hirió en medio de la espalda. Pudo hacer una Última tentativa para salvarse, pero ya Héctor había saltado adelante y le clavó su lanza en el cuerpo. Era el fin de su brillante carrera victoriosa. El destino de Patroclo tiene algo de espantoso que conmueve tanto más por ser real. Ningún adversario lo habría vencido si no hubiera desfallecido antes por una conmoción demoníaca. Sus ojos dan vueltas, el casco cae en el polvo, la lanza se rompe en pedazos, la coraza se desata. Lo que llamamos demoníaco —la horrible coincidencia de la falla interior y exterior— es aquí la acción de la divinidad. Pone al demandado ante el arra del enemigo como víctima que no puede oponer resistencia, y el lugar donde lo hiere es exactamente el mismo donde le había pegado antes la mano divina, de manera que el invicto perdió el sentido (791 y 806; véase también 816). No vio la deidad que lo llevó a la muerte, pero, moribundo, lo sabe y puede decirle al jubiloso Héctor que Zeus y Apolo lo dejaron sin defensa (845).
Aquiles tampoco pudo observar la acción de la divinidad durante los sucesos en la Ilíada (20, 320 y sigs.). Sólo lo milagroso le hace creer que algo divino estaba interviniendo aquí. En medio del duelo con Eneas, hacia cuyo escudo ha dirigido su lanza, de pronto no pudo ver más claro. Cuando su vista cobró nitidez el adversario había desaparecido y la lanza, que había perforado su escudo, estaba en el suelo delante de sus pies. Se extrañó mucho y tuvo que admitir que «Eneas también gozaba de la amistad de los dioses inmortales». Lo que realmente había sucedido quedó en el misterio. Sin embargo el poeta sabe explicarlo. Poseidón se había adelantado de repente, cubierto sus ojos con una niebla y puesto la lanza clavada en el escudo de su adversario ante sus pies. Había alojado a Eneas en un instante hacia el borde del campo de batalla y allí se apareció para hacerle presente la locura que significaba luchar con Aquiles, muy superior a él. Después, sin ser visto, disipó la niebla delante de los ojos de Aquiles. Esta historia ofrece sus dudas. Cosas raras ocurren cuando guerreros chocan entre sí y raras son las experiencias de un alma agitada pasionalmente. ¿Dónde está el límite entre lo natural y lo milagroso?
Le preguntamos también en la muy similar narración del duelo entre Aquiles y Héctor (Ilíada 20, 438 y sigs.), que finaliza cuando Aquiles descubre quién es el dios que le arrebató la victoria. Con tremendo grito arremete contra Héctor para asestarle el golpe mortal, pero el adversario ha desaparecido. Tres veces salta hacia delante, tres veces el golpe cae en el vacío. Ahora se da cuenta de que Héctor se salvó por su protector Apolo. El dios, en la narración poética, lo hace invisible con una niebla en el momento en que Aquiles salta y se aloja del lugar del combate. La descripción es semejante y en parte coincide verbalmente con el pasaje de la Ilíada (5, 432 y sigs.) donde Diomedes, a quien Atenea abrió los ojos para discernir a los dioses, se lanza tres veces contra Eneas, protegido y escondido en niebla por Apolo, y tres veces es repelido por el dios. A la cuarta éste lo espanta con palabras atronadoras. En el pasaje arriba mencionado, el poeta no dice que Aquiles viera al dios actuando, la víctima que creía haberse asegurado escapa cuando menos lo esperaba; con cada nuevo asalto el golpe queda frustrado. Entonces se da cuenta de quién lo engañó. Apolo ayuda a Héctor también en el último encuentro de los dos héroes, pero tiene que abandonarlo en el momento en que el destino habla (22, 213), y Atenea asiste a Aquiles en cada caso.
Particularmente emocionante es la escena (Ilíada 21, 595 y sigs.) en que Aquiles pierde a su adversario cuando decide precipitarse sobre él. Se deja atraer cada vez más lejos en la ilusión de pisarlo los talones, y aquí de improviso aparece lo abiertamente milagroso: en la vasta soledad mira los ojos del dios cuyo engaño lo había llevado allí. La narración del poeta dice: para detener al temible Aquiles, Apolo infundió tanto ánimo a Agenor que se decidió a enfrentarlo, naturalmente habría sucumbido en el primor encuentro pero Apolo lo alojó sin que fuese visible y él mismo, en la figura de Agenor, corrió delante de Aquiles que lo persiguió. Éste creía alcanzarlo en cualquier momento, pero corrió alejándose cada voz más de la ciudad, hacia la llanura. Mientras tanto, los atemorizados troyanos podían salvarse detrás de los muros; ya fuera, en la lejanía, el dios se da la vuelta repentinamente y se burla de su perseguidor: «Hijo de Peleo, ¿por qué me sigues con pie volante? Hombro mortal, es un dios a quien estás persiguiendo, eso no te ocurrió cuando te precipitaste tan furiosamente. ¿Te olvidaste de los troyanos que huyeron ante ti? ¡Ahora están dentro de la ciudad y tú estás aquí alojado!». Lo que acaeció aquí sucedió sólo entre Aquiles y el dios. Es harto conocido en la historia de combates y asaltos que un hombro corre tras una alucinación por largo tiempo. Pero aquí acontece que, en la soledad, la alucinación muestra repentinamente su rostro eterno al engañado y le hace reconocer que su voluntad furiosa fue solamente el camino de una actuación superior. Eso es tan grande y real que estamos dispuestos a creer en el milagro.
Esta relación de profundo sentido entre lo natural y lo milagroso que da la razón a ambos ha encontrado su expresión clásica en las famosas narraciones de dioses que aparecen en forma humana en el teatro terrenal. En apariencia todo se desarrolla con naturalidad. Un buen amigo o algún conocido interviene súbitamente y dice o hace lo oportuno en una situación cuya seriedad tal vez no sospechan los participantes. Sólo el poeta os consciente de que un dios, quien tomó la figura de esta persona, se escondo tras la aparición discreta. Esta intervención ejerce siempre gran efecto sobro los participantes. Fijan su atención en algo cuya importancia comprenden en seguida, y cuando se exige su energía les invado un espíritu ardiente de valor y fuerza.
Cuando Eneas quedó incapacitado para proseguir la lucha con Dio medes (Ilíada 5, 461), Ares, en apariencia del príncipe tracio Acamante, se mezcló entre los troyanos para infundirles ánimo. Gritó a los hijos de Príamo si querían esperar hasta que los griegos estuviesen frente a las puertas de la ciudad; el poderoso Eneas estaba en el suelo, había que salvarlo del furor de la batalla. Nadie contesta al que habló; personaje que no se menciona más en los pasajes siguientes. Se diría: se trata sólo de un efecto. Pues inmediatamente después de esta intervención cambia la situación; todos están pasionalmente enardecidos; Sarpedón dice a Héctor, por iniciativa propia, lo que había dicho el dios en apariencia humana y Héctor siente un golpe de puñal en el corazón. Acto seguido salta del carro e incita a los troyanos a resistir nuevamente. Ares protege a la gente de a pie y combate en figura humana al lado de Héctor (604) hasta que los griegos pierden finalmente terreno. Entonces Hera y Atenea, con la aprobación de Zeus, resuelven asistir a los griegos contra Ares. Hera se acerca a ellos en la figura de Esténtor, que tenía la más poderosa voz de todos (785), y grita hacia el tumulto que sería una vergüenza poder resistir tan débilmente a los troyanos, desde que Aquiles se había retirado. Tales palabras los electrizan. Instantáneamente los corazones se enaltecen. Sólo Diomedes es elegido para ver a su diosa. Atenea está de pronto ante él y le dirige la palabra. Hasta sube a su carro y dirige los corceles directo hacia Ares (793).
Resulta muy instructivo comprobar cómo, en otra ocasión, se narra la intervención de Apolo (Ilíada 16, 698 y sigs.). Es la hora en que debe cumplirse el destino de Patroclo, quien olvidó la advertencia de su amigo y ebrio de victoria se precipitó hacia Troya diseminando muerte y terror a su paso. «Los dioses lo llamaron a la muerte» (693), pero su estrella brilla más esplendorosa en el momento de extinguirse. Casi habría subido por la muralla de la ciudad cuando intervino Apolo, divina majestad, quien enfrentó solo a Patroclo por primera vez junto a la muralla. Allí lo ahuyentó con espanto la voz tronante del dios, y después fuera, en la batalla campal. Mientras tanto mandó contra él al hombre que le iba a dar el golpe de muerte: Héctor. Apolo se apareció a este último en figura humana como un pariente mayor, hermano de su madre, llamado Asio, y le dijo: «Héctor, no haces bien alejándote de la lucha. Si fuera tan superior a ti como tu fuerza a la mía te trataría muy mal porque te apartas de la guerra. ¡Adelante! ¡Dirige el carro hacia Patroclo y trata de vencerlo si Apolo te da la gloria!» (715 y sigs.). De este modo, un pariente, la figura menos llamativa del mundo, atrajo la atención de Héctor sobre el favor de Apolo y éste habló por la boca de aquel hombre. Sin replicar una palabra Héctor se dirige a la batalla en dirección a Patroclo. Lo que el dios .enunció por boca humana se convierte en realidad. Sin embargo, primero alcanzará Patroclo el pináculo de su gloria: una pedrada suya mata al auriga de Héctor. Un terrible combate empieza por su cuerpo y termina con la victoria de los griegos. Patroclo ya se lanza de nuevo sobre el enemigo cuando un tremendo golpe de Apolo se descarga sobre él; lo deja indefenso frente a sus adversarios y hace que Héctor gane, sin trabajo, la gloria que Apolo había predicho en la figura de Asio.
Después de la caída de Patroclo, Héctor persigue su carro tirado por corceles divinos, que se van corriendo bajo la dirección de Automedonte. Mientras tanto Euforbo inicia la lucha con Meneleo por el cuerpo de Patroclo (Ilíada 17, 1 y sigs.). Euforbo cae, y Menelao está a punto de sacarle la armadura; en ese instante Héctor ve a su lado a Mentes, príncipe de los cicones. «¡Qué locura —exclama éste—, correr tras los corceles de Aquiles que no obedecen a nadie sino a él!» Mientras, Menelao, protector de Patroclo, ha matado al mejor de los troyanos, Euforbo, hijo de Pántoo. Héctor lo oye e inmenso dolor se apodera de su corazón. Mira alrededor: allí yace el amigo en su sangre y Menelao le está sacando la armadura. Un grito agudo de Héctor que, acto seguido, se acerca con sus guerreros, ahuyenta a Menelao. De tal modo presentados los acontecimientos, carecen de elementos milagrosos. Fue fortuna para los troyanos que Héctor se enterara oportunamente por un compañero de la caída de Euforbo, y volviera al lugar de importantes decisiones, ya que este compañero, que expresó la palabra trascendente, era en realidad Febo Apolo, quien había tomado la figura de Mentes para este encuentro. Los dioses ato sólo son realizadores de lo decisivo: ellos mismos son lo decisivo. En calidad de tal se encuentran con el hombre en su camino, y la figura familiar que se cruza en el momento crucial es sólo la máscara de un dios.
También en la narración recién reproducida la intervención divino—humana es tan sólo el efecto. Héctor no contesta, sólo siente la puñalada en el corazón y vuelve a la batalla. El que habló había desaparecido.
Otra vez se desencadena la lucha por el cuerpo de Patroclo (17, 543 y sigs.), por lo que Zeus decide infundir ánimo a los griegos y les manda a Atenea, quien baja del cielo envuelta en una nube reluciente, y camina irreconocible entre las filas humanas. El ardor bélico se despierta en todos los corazones. Menelao es el primero que encuentra a la diosa en la figura del anciano Fénix, bien conocida. Éste le hace presente qué vergonzoso sería si el hombre al que Aquiles más quería fuera echado a los perros troyanos. Menelao responde que resistirá valientemente y alentará a todos los guerreros: «¡Ojalá Atenea me diera vigor y me protegiera! Entonces me pondría al lado de Patroclo para defenderlo, pues me parte el alma que haya debido caer. Pero Héctor está enfurecido como fuego destructor porque Zeus lo eleva». Atenea se muestra contenta de que el héroe la invocara a ella primero entre los dioses. Lo llena de fuerza y hace su corazón tan firme que nada pueda atemorizarlo o turbarlo. Así procede al asalto y mata a un guerrero, íntimo amigo de Héctor, y hasta consigue arrastrar el cuerpo del muerto fuera del dominio de las armas troyanas entre su propia gente, y sin que Héctor lo detenga (582 y sigs.). ¿No se dio cuenta de lo que ocurría? Momentos antes había retrocedido frente a los dos Áyax (534). Su amigo Fénope lo enfrenta y lo recrimina por su actitud ridícula ante los griegos ya que cedía el paso a un hombre como Menelao, quien le había matado al compañero más fiel, al intrépido luchador Podes, y arrastrado su cuerpo. Con estas palabras la aflicción bajó como una nube oscura sobre Héctor, quien avanza amenazador hacia el combate.
Estas dos imágenes nos hacen conocer con extrema claridad la naturaleza y significación de la aparición y actividad divinas. Todo nos resulta familiar, se vive y se mira de una manera genuinamente griega. Héctor ve cómo Menelao arrastra el cuerpo de su amigo querido. Infinita pena y, al mismo tiempo, profunda vergüenza se apoderan de él. Esta desolación y acusación de su corazón son la voz de Apolo que le habla sin ser reconocido. Acto seguido se convierten en acción. No se sabe más del ser mortal por cuya boca habló la deidad. Menelao también se atormenta en el sentimiento penetrante de su inactividad. Pero ¡qué puede conseguir él, un héroe inferior, contra el poderoso Héctor y su buena suerte! Así responden a la voz de ruego, que es realmente la de Atenea, con una oración a la diosa. Y al instante todos sus miembros se animan por el espíritu de la diosa de los héroes. La oración no es propiamente lo que atrae la ayuda divina; su enunciación es, más bien, la señal de que la misma deidad está cerca.