Reconocemos el mismo pasaje en la narración de Eneas (Ilíada 20, 79 y sigs.). Por propia experiencia tenía toda la razón para evitar un encuentro con Aquiles, pero aquí se enfrenta con el valor más orgulloso, que rechaza desdeñosamente la advertencia del vigoroso adversario que le llama la atención sobre la desigualdad del duelo. Esta audacia es obra de Apolo, quien se había encontrado de repente con Eneas sin ser reconocido. Era un hombre de su parentela, Licaón, hijo de Príamo. Éste le pregunta irónicamente dónde estaban ahora las palabras grandilocuentes con las que se había jactado, al tomar vino, de competir con el mismo Aquiles. Eneas contesta que Licaón debería saber que no podía pensar en enfrentarse con Aquiles; que siempre un dios estaba a su lado protegiéndolo, y él mismo lo experimentó cuando escapó a las terribles manos huyendo sólo con apoyo divino. Si el cielo diese igual oportunidad a ambas partes, Aquiles encontraría sin duda su igual. El supuesto Licaón contesta significativamente: «¡Ea, dirígete tú también a los dioses! ¿No tienes una madre divina, y no es más noble que la de Aquiles? ¡Enfréntalo cara a cara y no te dejes intimidar por amenazas!». Con estas palabras el dios hace estremecer su corazón con pujante ardor bélico y ya camina el héroe arrogante a través de la primera fila de los guerreros. Ésta es la versión del poeta. Eneas no contestó las últimas palabras y no se menciona ya al amigo que le habló. Sólo queda un milagroso efecto: Eneas, desalentado hace un momento, está de repente lleno de valor heroico, obra de la presencia divina. Tampoco oímos que ore a los dioses como se le sugiere, infundido por la cercanía del dios que al mismo tiempo otorga el entusiasmo, en el cual la oración y su satisfacción son una misma cosa.
La Odisea describe la intervención de la divinidad con particular fineza en varios pasajes, de manera tal que hace aparecer lo milagroso natural y viceversa.
Veamos: Odiseo llegó a la costa de los feacios indefenso y desnudo. Nausícaa le dio ropa y comida y lo acompañó una parte del camino. Pero debía dejarlo a su suerte al lado del bosque de Atenea (6, 321 y sigs.), le aconsejó que preguntara por el palacio real, pasara rápidamente por la sala y se arrojase suplicando a los pies de su madre, la reina que estaba sentada junto al hogar. Odiseo espera un rato antes de encaminarse hacia la ciudad, recorre el camino sin ser molestado, se le muestra el palacio real y después de detenerse un momento cruza el umbral. Los hombres están reunidos en la sala con una copa de vino por la noche, pero nadie se fija en él. Sin inconvenientes llega hasta el hogar, y, en cuanto es advertido, se lo ve echado a los pies de la reina. Su fervorosa súplica para que lo acompañen a la patria produce un efecto extraordinario. El rey lo levanta con su mano y lo lleva a una silla de honor, el indefenso Odiseo fue recibido y se decidió su destino, una deidad actuó aquí. ¡Cuántos encuentros molestos y aun peligrosos podía traer a un extraño desamparado el camino a la ciudad y al palacio! Pues sabemos que los feacios no son muy afables con los forasteros (7, 32). Cierto que el sol se había puesto (6, 321) y podía alguien quedar inadvertido bajo la protección de la oscuridad. Pero para eso se necesitaba buena suerte. ¡Y cuánto dependía el forastero de la buena suerte para no encontrarse con la persona menos indicada en el camino al palacio! Esta suerte —así lo narra Homero— es la obra de la diosa Atenea y algo más: ella misma representa la buena suerte; se confirma aquí, en el propio sentido de la palabra, que los dioses son el impulso que el emprendedor encuentra en su camino. En el bosque de Atenea, Odiseo, antes de partir, ora a la diosa para que le otorgue benevolencia y misericordia entre los feacios (6, 327). Cuando se pone en camino hacia la ciudad, ella hace tan densa la oscuridad alrededor de él —ya es de noche— que ninguno puede descubrirlo o molestarlo. Pero al entrar en la ciudad, donde necesita un guía, halla a una joven doncella con un cántaro en busca de agua, quien gustosamente le muestra el camino. Antes de que Odiseo entrara en el palacio ella lo anima y le da valiosas indicaciones: en el interior encontrará a los príncipes cenando; deberá dirigirse primero a la reina; si ésta se muestra benévola podrá aspirar a ver por fin la patria. Odiseo hace cuanto se le dice. En la sala nadie se fija en él hasta que abraza las rodillas de la reina. Es el efecto de la nube impenetrable con la que Atenea lo cubrió; ahora lo disipa, de manera que el aspecto del forastero arrodillado produce gran asombro. La diosa era la afable doncella que lo guió y aconsejó tan eficazmente. El mismo Odiseo nada sospechó. Si el poeta no hiciera una indicación, nosotros igualmente leeríamos toda la narración sin extrañeza imprimiéndola de «buena suerte» del héroe. Esta «buena suerte» también le es fiel al día siguiente, cuando los feacios se reúnen en consejo y en los juegos; en esta oportunidad la diosa Atenea se halla detrás de cada acontecimiento favorable. El heraldo del rey pasa de mañana por la ciudad y pide a los consejeros ir al lugar de la asamblea donde Alcínoo los espera para presentarles a un huésped. El forastero era digno de conocerse, su aspecto recuerda el de un dios; había sufrido muchas desgracias en el vasto ponto, por eso los príncipes feacios están interesados desde un principio en favor de Odiseo.
Pero frente a él se asombran, pues la diosa ha dotado su apariencia de rara belleza e irresistible fuerza. De esta manera aprueban la voluntad del rey, quien ordena equipar una nave para su vuelta a la patria. Acto seguido se realiza una solemne recepción en el palacio real, y después del banquete se organizan certámenes. Según el plan de Atenea, el forastero cuya belleza, prudencia y buenos modales habían conquistado todos los corazones debía impresionar también con fuerza viril sin par. Su primera negativa la interpreta un joven arrogante como señal de incapacidad. Encolerizado, toma el disco más pesado y lo tira más allá de la meta que había alcanzado el mejor de sus predecesores. Ya el silbido del poderoso disco hace estremecer a toda la gente. Cuando toca el suelo se presenta un hombre que pone una marca y exclama en voz alta: «Hasta un ciego puede encontrar tu señal, tan lejos está de todas las otras; en este arte nadie te discutirá la maestría». Odiseo está contento de tener un amigo en la reunión. Tiene motivos de estarle agradecido ya que por él su acción consiguió justa significación. Este hombre era Atenea (293), y también lo era el heraldo que convocó a los prohombres a la asamblea para llamar su atención sobre Odiseo con palabras elogiosas. Una vez más los milagros divinos son el fondo de acontecimientos inadvertidos, pero decisivos. La percepción de este fondo está reservada al poeta iluminado por la divinidad, mientras que los participantes sólo pueden observar lo natural.
Pero en el momento particular, y para personas particulares, la misma deidad sale del fondo y se presenta al elegido en su verdadero aspecto. Igualmente le ocurrió a Odiseo, fue llevado por los feacios, mientras dormía, a la patria y no reconoció su Ítaca al despertar. Cuando daba vueltas en la costa quejándose, un joven de noble aspecto cruzó su camino y le dijo dónde estaba (13, 221 y sigs.), él a su vez trataba de engañar al desconocido sobre su persona y origen, e imprevistamente sintió el toque de una mano cariñosa. ¡Ante él estaba en lugar del joven una mujer sonriente, Atenea! Ya hemos comentado con detalle sus palabras y la significación que tiene su presencia.
Los poemas homéricos narran no pocas veces las apariencias personales de seres divinos. Pero, antes de ocuparnos de la cuestión sobre qué circunstancias y en qué forma aparecen, hemos de conocer más claramente otra clase de revelación divina, en que el hombre nota y siente la cercanía de la deidad cuando se ha alejado y sin saber quién ha sido.
En la terrible emergencia del combate por las naves, cuando Héctor, con gritos salvajes, conduce sus huestes al ataque, Poseidón se acerca de repente, en la figura de Calcas, a los héroes griegos más experimentados, los dos Áyax de cuya resistencia todo depende ahora (Ilíada 13, 43 y sigs.). No les falta ardor bélico; pero el dios que se esconde bajo la figura del amigo debe hacerles patente la seriedad de la situación con gran vivacidad y a la vez apelar a la confianza en sí mismos. Lo hace muy sagazmente cuando alude a la divinidad: «¡Que un dios os enardezca para resistir como héroes y animar a los otros! Entonces no hemos de temer a Héctor». Acto seguido los toca con su cetro; y ya sus corazones se llenan de valor intrépido y sus miembros se aligeran y liberan. Al instante desaparece. Se asemejaba a una gran ave que hubiera alzado el vuelo (62). El hijo de Oileo es el primero en darse cuenta de lo milagroso. «Un dios del Olimpo —dice a su compañero— nos manda luchar; éste no fue Calcas, lo noté por el movimiento de sus pies y piernas cuando se alejó; bien se reconocen los dioses. Mi corazón se levanta con renovado deseo de combatir, pies y manos están llenos de impulso torrentoso.» Y el otro: «A mí me ocurre lo mismo. Mis manos aprietan la lanza con avidez indómita y hierve mi pecho; los pies no desean pararse, siento ansias de luchar solo, sin compañero, con el furioso Héctor». Tan grande es el efecto inmediato de la presencia divina. Pero sólo uno de los dos reconoció claramente el milagro dentro de lo natural; sólo éste sabe que era «un dios» el que habló. El poeta nos dice que fue Poseidón. Cuenta también que Atenea infundió dulce sueño a los párpados de Odiseo cuando se salvó finalmente en la costa de los feacios (Odisea 5, 491). Odiseo, en cambio, sólo sabe decir que «la divinidad» le infundió profundo sueño (Odisea 7, 286). Esta diferencia significativa se nos presenta muy a menudo en Homero. En el curso de la narración que empieza con el episodio de los dos Áyax, Poseidón anima varias veces a héroes griegos, sea en la figura de Calcas o en otras (Ilíada 13, 216), pero nadie se da cuenta de que esta persona cuyas palabras tenían un efecto tan alentador era algo más que un simple mortal.
En la Telemaquia (Odisea 3, 329) la divinidad, presente en figura humana, se reconoce también en el momento de la desaparición. El viejo Mentor, quien, como acompañante de Telémaco, visitó a Néstor, era, en realidad, Atenea. Oscurecía (329, 335); los forasteros, los huéspedes del banquete de las ofrendas, se levantaron. Néstor los invita a pasar la noche en su casa. Mentor rehúsa; pero dice a Telémaco que acepte la invitación; él dormirá junto con la tripulación de la nave para proseguir el viaje al amanecer. Recomienda a Néstor cuidar de Telémaco, y de pronto desaparece como si una gran ave marina levantase el vuelo (372); todos los presentes quedaron pasmados. El anciano Néstor se explica: era un dios que acompañó a Telémaco, la excelsa hija de Zeus, la protectora de su noble padre, y termina con una oración a la diosa. Al despedirse se reveló lo milagroso, esta vez ante muchos testigos. Es la hora de los misterios, el principio de la oscuridad que hace inseguro todo lo cercano y lo deja desaparecer. El poeta no quiere decir que Atenea cambiara de repente la figura de Mentor por la de un ave. Su imagen sirve sólo para simbolizar aquella asombrosa desaparición, característica de los milagros de la oscuridad.
En su primer encuentro con la diosa (Odisea 1, 103 y sigs.), Telémaco no tenía un intérprete a su lado como Néstor, pero comprendió por la extraña salida de Mentor, en cuya figura se apareció, que un dios le había hablado aunque sin saber quién era (323). Estaba absorto en pensamientos entre los pretendientes de su madre, que jugaban y bebían; la imagen de su noble padre estaba ante sus ojos. Se imaginaba qué glorioso sería llegar súbitamente y expulsar a los atrevidos invasores de sus propiedades (115), y entonces vio entrar a un huésped. Lo condujo al lugar de honor con modales caballerescos y se sentó a su lado. Pensaba preguntarle por el padre desaparecido (135) cuando el forastero se dio a conocer como Mentor, príncipe de los tafios, y viejo amigo de la casa (180). Empezó a hablar de Odiseo y aseguró que vivía y volvería dentro de poco; así hablaba una voz divina en su corazón. Se enteró de la actitud de los pretendientes y deseó que Odiseo entrara de improviso y llevara a cada uno de ellos a un fin amargo. De esta suerte coincide exactamente con los pensamientos e imágenes que habían ocupado a Telémaco en el momento de su llegada. Después lo alentó seriamente a mostrarse como hombre, que tratara de librarse de los pretendientes y viajara a la casa de Néstor y Menelao para buscar noticias sobre su padre. Tenía los años y la fuerza para actuar independientemente. Ya sabía qué gloria adquirió Orestes ante el mundo habiendo matado al asesino de su padre (296 y sigs.). Después de estas palabras el huésped se despidió. Las súplicas de Telémaco no pudieron detenerlo y desaparece, mientras que el pecho de Telémaco crece en vigor y temeridad, y la imagen del padre está más viva que nunca ante sus ojos. Asombrado, Telémaco se da cuenta del milagro y adivina que habló con un dios. El poeta compara la extraña desaparición de la diosa con el vuelo de un ave. Pero Telémaco sólo vive algo milagroso. Los pretendientes estaban atentamente ocupados escuchando al rapsoda según menciona el poeta expresamente al principio y al final de la visita divina (155, 325); así se explica la falta de atención prestada al forastero. Sólo Eurímaco pregunta más adelante a Telémaco con quién hablaba, pues le había llamado la atención que se levantara de golpe y desapareciera antes de que se pudiera preguntarle su procedencia. Pero no piensa en un milagro, ya que el elegido era Telémaco, a quien únicamente tocó la deidad. Se produjo de tal forma desde la naturalidad de su momentánea experiencia que hemos de incluirlo en ella. Aquí también, como en muchos casos ya conocidos, lo milagroso no es una injerencia ajena en la naturaleza, sino un instantáneo avance de su fondo que puede estremecer súbitamente el alma del elegido y suscitar en ella un vislumbre y tal vez una clara percepción de lo divino. ¿Qué dijo Atenea, en la figura de Mentor, a Telémaco que su propio corazón no le hubiera dicho según nuestra comprensión? Estaba en medio de los odiados pretendientes y la imagen del padre real se alzó ante él: ojalá viniera poniendo un rápido fin a sus abominables actividades. Y cuando Atenea se fue su corazón estaba más lleno que nunca del recuerdo de su padre. Ella avivó de nuevo la esperanza del regreso; despertó la voluntad viril en él y le sugirió preguntar por el desaparecido en Pilos y Esparta. Para nuestro modo de pensar sus reflexiones y sueños lo llevaron automáticamente a este punto y le causaron tal estado de ánimo. Para el griego, en cambio, tales pensamientos decisivos y disposiciones anímicas son siempre el resultado de una presencia divina; y en nuestro caso lo que se produce en el hombre es tan significativo que percibe la cercanía del dios. Observa que el huésped que acaba de hablarle se aleja como un pájaro que levanta el vuelo de repente para perderse de vista. ¡Y de lo que oyó, su ánimo se elevó otro tanto! No hay duda de que éste ha sido un dios. Algunos opinaron que fue impropia la partida de Atenea. Pero la imagen usada por el poeta estuvo tan pensada y acertada como en las escenas discutidas anteriormente, donde la persona divina se reconoció por la milagrosa forma de su desaparición. Cierta mente lo misterioso se operó en casa de Néstor al oscurecer, en tanto que aquí es pleno día. Telémaco, para quien se hizo la visita, fue el único que vio el milagro. Los pretendientes permanecieron ajenos a aquél.
La acción decisiva es siempre una consecuencia inmediata del encuentro con la divinidad. Telémaco se mezcla en seguida entre los pretendientes para actuar (324). Los informa sobre el hombre y persona del huésped que ya no está presente; sabe que era más que un ser humano (420). Al día siguiente habla públicamente a los itacenses con viril sinceridad. Irritado por la falta de benevolencia que encontró en ellos, se traslada al borde del mar para orar allí: «¡Escúchame, oh dios, que viniste ayer a nuestra casa y me mandaste viajar por el mar en busca de noticias de mi padre! Los aqueos me ponen trabas, pero ante todo los pretendientes con su maliciosa insolencia» (2, 262). Apenas había pronunciado estas palabras, Mentor, que acaba de defenderlo vivamente en la asamblea (225 y sigs.), está frente a él. Era él a quien Odiseo, al partir hacia la guerra, había confiado el cuidado de su casa. Vigoriza la confianza propia del joven y le promete equipar una nave en la que él mismo lo iba a acompañar; una deidad se escondía tras el amigo, Telémaco lo supuso después y otra vez en la despedida, es decir en Pilos, donde las palabras de Néstor le hacen saber que Atenea era su acompañante. El poeta, al mencionar anteriormente su nombre, no quiso expresar que el mismo Telémaco lo supiera.
Atenea aparece otra vez en la figura de Mentor en un momento importante de la lucha entre Odiseo y los pretendientes (Odisea 22, 205). La escena resultaba extraña a muchos lectores, pero necesaria porque marca, en sentido genuinamente homérico, uno de los grandes momentos críticos de los sucesos por la presencia de una deidad. Los defectos aparentes desaparecen cuando uno sigue al poeta atentamente y sin prejuicio. Odiseo agotó sus flechas. Está en el umbral, preparado para el último combate decisivo, teniendo a su lado a Telémaco y los dos pastores. ¡Qué diminuto es su grupo en comparación con la multitud de los pretendientes! Pronto volarán las lanzas. En esos momentos, súbitamente, Atenea está al lado de Odiseo en la apariencia de Mentor. Contento de la inesperada presencia de su amigo, Odiseo le pide luchar fraternalmente a su lado acordándose de las pruebas de amistad de tiempos pasados, ya que son de la misma edad. Pero una corazonada le dice que el amigo es en realidad Atenea (210). Mentor ignora las palabras amenazantes de los pretendientes. Recuerda a Odiseo su heroísmo delante de Troya, donde su espada mató a tantos guerreros y la ciudad de Príamo cayó por su consejo astuto; todo ocurrió por causa de Helena, en tanto que se desanimaba ahora ante estos pretendientes cuando su propia casa y posesión estaba en juego. «¡Quédate a mi lado! —exclama—, y comprenderás cómo Mentor sabe pagar tus buenos servicios frente al enemigo» (233). Ahora se espera una acción, pero nada ocurre, el que habló desapareció fugazmente. Eso puede parecer extraño en el momento, pero se comprenderá después de breve reflexión que el suceso es absolutamente razonable. Odiseo debe esperar la última decisión con ánimo sereno. Un narrador más moderno, ante un momento decisivo, haría aparecer en la mente de Odiseo lo que Atenea le hace presente: sus tremendos esfuerzos de la época troyana y la necesidad de actuar con el mismo valor ahora que su causa está en juego. En Homero, amonestaciones tan decisivas provienen de la divinidad. Por consiguiente se presentan a Odiseo a través de Mentor, que en realidad es Atenea. Este Mentor desea mostrarle cómo actuaría enérgicamente un amigo en tal situación por mera gratitud (233). Con eso se consigue el estado de ánimo que exige el momento. La acción de Mentor ya no es necesaria. Odiseo comprendió quién se escondía tras este Mentor que ahora desaparece de repente. Esto hace a los adversarios seguros de sí mismos, y precisamente ésa era la segunda intención de Atenea. Un verdadero combate debía iniciarse. Quería comprobar el vigor y la fuerza guerrera de Odiseo y de su hijo (237). «¡Mentor lo abandonó después de fútiles fanfarronadas!» —dijo triunfante el mismo pretendiente que amenazó antes al putativo Mentor (249). El poeta narra que la diosa, emprendiendo el vuelo como una golondrina, se alejó hacia las vigas posándose allí. Su desaparición es por consiguiente muy similar a la de la Odisea (1, 320). Seguramente el poeta no quiso decir que Atenea, o Mentor, se transformara realmente en golondrina. La comparación pone de manifiesto la forma de su desaparición, igual que en pasajes discutidos anteriormente. Invisible, está posada en lo alto de las vigas e, invisible, levanta allí la terrible égida, después de lo cual se precipita la catástrofe (297). El pretendiente que narra esta historia a Agamenón en el averno sabe decir únicamente que «un dios» debía de asistir a Odiseo (24, 182).
Odiseo reconoció a Atenea tras la apariencia de Mentor, pero ella se porta exactamente como si fuera Mentor. El resto de los presentes no observa nada sobrenatural. Y así debe ser, porque la clara revelación de un ser divino es concebible para Homero sólo como experiencia de un elegido individual. Tales encuentros no son raros en las dos epopeyas. No obstante, si esperamos que el milagro se enfrente abiertamente al suceso natural nos equivocamos mucho. También aquí lo milagroso se eleva de la situación natural y muestra al presente —que es el único testigo— su cara eterna y divina. La introducción de la divinidad no es nunca necesaria para hacer el acontecimiento comprensible a nuestro concepto. Se podría narrar sin la mínima referencia a la divinidad, y las historias no sufrirían ninguna modificación objetiva. Pero el espíritu del mundo homérico hace necesarias estas alusiones porque relaciona todo lo decisivo, por muy comprensible que nos parezca, inmediatamente con lo divino.
Daremos para finalizar otros ejemplos característicos.
A la aparición de Atenea en la escena de reproche del primer canto de la Ilíada (193 y sigs.) nos hemos referido anteriormente (véase pág. 185). Aquiles se levanta furioso, reflexiona un momento sobre si debe matar a Agamenón o dominarse por la fuerza, y ya está desenvainando la espada. En ese momento se siente tocado desde atrás, se da la vuelta y su mirada encuentra los ojos relucientes de la diosa. Le aconseja serenidad y envaina la espada. Sólo Aquiles vio y escuchó a la diosa (198) antes de la decisión, cuando razón y pasión luchaban en su corazón y la suerte no estaba echada. La intervención de la deidad era, según la mentalidad específicamente griega, la decisión. Todos los demás presenciaron solamente el salto de Aquiles, su lucha consigo mismo y la repentina serenidad.
Así como aquí la apariencia de la deidad causa a la voluntad humana el cambio hacia lo razonable y digno, también hace triunfar las fuerzas vitales en el momento crítico sobre enfermedad y debilidad. Héctor se había desplomado por la pedrada de Áyax, llevan al desmayado a lugar seguro, lejos del enemigo, sus compañeros tratan de reavivarlo (Ilíada 14, 409 y sigs.). Los griegos pensaban que había muerto y se regocijaban. De repente se desanimaron: el que consideraban muerto reapareció en las filas enemigas, fresco e intrépido como si nada le hubiera sucedido (15, 269 y sigs.). «Aquí intervino un dios —dice uno de ellos—, y esta milagrosa reaparición significa mala suerte para nosotros» (290 y sigs.). Únicamente Héctor y el poeta saben lo que pasó en realidad; éste lo narra de tal manera que vemos el milagro enteramente en consonancia con la naturaleza. Apolo se acercó de pronto a Héctor y lo animó con renovado vigor y ardor bélico, pero no estaba frente a un desmayado, semimuerto. No dirigió la palabra «¡Vive!» al perdido por su omnipotencia divina. Héctor ya había vuelto en sí. No estaba postrado, sino sentado, y reconoció a los compañeros que estaban a su alrededor. La voluntad de Zeus, dice el poeta, lo incorporó. En tales circunstancias vio a un dios frente a él y le oyó decir: «¿Qué te pasa, Héctor? ¿Por qué estás endeble sentado aquí?». Héctor ignoraba quién era el dios y se asombró de que pudiese preguntar así. Narra con sus pocas fuerzas cómo Áyax lo alcanzó con la piedra y creyó que sus últimos momentos habían llegado. Entonces Apolo se da a conocer; que recobre ánimo, le dice, y conduzca decididamente los carros troyanos hacia las naves de los griegos. El mismo, Apolo, irá al frente. Después le infunde arrojo (262), y de repente desapareció toda debilidad. El que acaba de despertarse de un desmayo corre como un potro suelto. Otra vez está como conductor entre los suyos. La milagrosa frescura vital, la felicidad de la recuperación, el ardor del espíritu heroico, todo era el dios. Y el renacido lo vio y escuchó su voz; sólo él. No sabemos nada acerca del efecto que tuvo sobre sus amigos que estaban muy cerca. Aun para él la aparición se pierde en la vivacidad de los sucesos: apenas Apolo lo había llenado de fuerza y coraje se precipita a la lucha, y ya no se menciona el dios. Más adelante, cuando precede a los troyanos según su promesa, es invisible.
En otra ocasión Apolo exhorta a Héctor para que razone, igual que Atenea lo hizo con Aquiles (Ilíada 20, 375). Está decidido a enfrentarse valientemente al furioso Aquiles y llama a los suyos al ataque. Ya suenan los gritos de batalla. Apolo, a su lado, le advierte que no salga de la tropa para el combate porque le mataría seguramente Aquiles. Asustado, Héctor se retira entre la multitud (380), y ya está el terrible de un salto matando al noble Ifitión. El guerrero se dio cuenta, en el último momento, del terrible peligro en el que se encontraba. Esta convicción, aparecida súbitamente, era la manifestación de Apolo. Sólo él, a quien se dirigió la advertencia, lo vio. Hace instantáneamente lo que el dios le sugiere en tanto que aquél no se menciona más.











