Ser y acontecer 4

La tranquilidad del insomne Odiseo se relata como consecuencia de una aparición divina, en forma sumamente impresionante y a la vez convincente, en la Odisea (20, 30 y sigs.), aunque lo que tal aparición le dice es solamente el resultado de su propia reflexión. La confianza en la deidad cuya ayuda le es segura pone fin a su penosa intranquilidad, y aliviado se duerme. Pero justamente esta confianza es el efecto de la presencia divina. Es la noche anterior a la lucha con los pretendientes. Odiseo se mueve en su lecho porque la preocupación por el día siguiente no lo deja dormir. De pronto Atenea en figura de mujer humana está ante él. La reconoce en seguida. «¿Por qué estás insomne?», le pregunta. «¿No estás en casa junto con tu mujer y tu hijo, y no tienes motivo de estar contento de tu hijo?» Odiseo le comunica sus inquietudes y dudas, pero ella censura su insensata falta de fe: «¿No confía un hombre en su amigo que le promete ayuda aunque sólo sea un ser humano? ¡Y a ti te asiste una diosa! Te digo: aunque muchas bandas de guerreros se enfrentaran contigo las vencerías. ¡Duerme de una vez y deja las inquietudes para mañana!». Con estas palabras le infunde sueño y desaparece (54 y sig.).
Momentos antes Atenea se había aparecido a Odiseo en el instante en que debía darse a conocer a su hijo (Odisea 16, 155 y sigs.) Odiseo estaba sentado, semejante a un mendigo, en casa del porquerizo. Eumeo acaba de alejarse y padre e hijo están solos frente a frente. Entonces Odiseo ve a Atenea fuera, haciéndole señas. Tenía la figura de una mujer hermosa y de alta estatura. Telémaco nada notó de su presencia porque «los dioses no se hacen visibles a todos» (161). Además de Odiseo sólo los perros la percibieron. No ladraban, sino que se retiraron aullando. Odiseo sale fuera a una seña muda de la diosa. «Ahora ya es tiempo —dijo ella— de darte a conocer a tu hijo; hecho esto os pondréis de acuerdo acerca del ataque a los pretendientes y, preparados así, iréis a la ciudad, donde os asistiré en el combate.» Después de estas palabras lo toca con la vara áurea. Desaparece el aspecto de mendigo y anciano y Odiseo, circundado por el encanto de la juventud y vestido de noble ropaje, vuelve al cuarto donde Telémaco lo mira con enorme asombro. «¡Soy tu padre!», le dice. Pero el hijo no puede creerlo. Teme que un dios juegue con él porque sólo un dios podría producir el milagro de la transformación que se presenta ante sus ojos (197). Odiseo le explica que es la obra de Atenea, quien, por cierto, tenía poder para hacerlo aparecer ora mendigo, ora joven bien vestido. «Fácil es a los dioses que residen en el ancho cielo otorgar al hombre tanto hermosura como fealdad» (211). Telémaco lo abraza sollozando. Cuando vuelve Eumeo, Atenea se acerca otra vez a Odiseo que estaba preparando la cena junto con el hijo. Con un toque de su vara lo cambia otra vez en un anciano cubriéndolo con el vestido de mendigo, ya que el porquerizo no debía reconocerlo todavía (454 y sigs.). Aquí tampoco lo milagroso contrasta en su esencia con la naturalidad, a pesar de la vara mágica y de la transformación. Bajo una perspectiva superior reconocemos los rasgos genuinos de la naturaleza que por ella se materializaron plásticamente. El momento importante había llegado. Odiseo, que había hecho hasta ahora el papel del viejo mendigo para no ser reconocido, se vio solo frente al hijo. Ahora el padre debía darse a conocer. Este gran momento, esta súbita comprensión de la que ya era hora, esta suprema sensación de la vuelta en el sentido más verdadero, todo esto era divino, era la divinidad, era Atenea. La Helena de Eurípides también pronuncia algo de esta índole cuando reconoce de repente a su marido en el forastero: «¡Dioses! El reencuentro también es un dios» (560). Toda la escena está bajo el signo de lo divino. Odiseo siente: ¡ahora Telémaco ha de reconocer al padre! Se aleja por un instante y vuelve con aspecto juvenil y real hacia el asombrado hijo. Lo cual significa que Atenea le infundió el pensamiento inspirador y lo transformó. No es esencial para el efecto de su acción que haya empleado magia. El milagro venerable no reside, para la comprensión homérica, en la violación de la naturaleza, sino en la infinita nobleza de la hora eminente.
Compárese con esta escena el feliz encuentro entre Odiseo y Hermes, ya mencionado (véase pág. 127 y sigs. y Odisea 10, 277 y sigs.). En la soledad de un paisaje desconocido, cerca de la casa de Circe donde desaparecieron sus compañeros, se encuentra de improviso con un joven que le pregunta, con patente preocupación, sobre sus intenciones. Le explica que la dueña de la casa es una malvada hechicera que transformó a sus compañeros y le haría lo mismo si no la enfrentaba con precaución, protegiéndose de sus artes con una hierba mágica. Esta hierba crece justamente a sus pies y el joven en el que reconoció fácilmente a Hermes se la arranca. Igualmente aquí la apariencia divina es tan sólo el momento inspirador en su esencia suprema y eterna. Odiseo había salido solo para encontrar a sus compañeros. Conocía únicamente la casa de una mujer que cantaba frente al telar y cuya invitación habían aceptado sin volver (254). El héroe se lanza solo a la aventura a pesar de las súplicas del mensajero, que tenía horror a la idea de volver allí. Ya estaba la casa a la vista. En ese momento, en la peligrosa cercanía, se le abrieron de pronto los ojos y supo todo: que allí residía una hechicera, quien había transformado a sus enviados y amenazaba perderlo también a él. El momento benigno le hace conocer, de golpe, la justa conducta frente a la mujer sospechosa y le muestra también la hierba mágica que crece en la tierra a sus pies. Este pasaje tan bien comprendido y que podemos expresar con tanta facilidad en nuestro lenguaje simboliza la persona divina, y la voz del conocimiento su palabra viva. Lo que experimentamos sin figuras se presenta a la cosmovisión griega como encuentro. Aquí es Hermes, el eminente espíritu del momento oportuno y de la sabiduría sorprendente que se revela al solitario. Narramos extensamente en otro pasaje del presente trabajo el encuentro repentino del dios con el anciano rey Príamo en su viaje nocturno. También entonces se presentó como joven; pero al despedirse se hizo conocer a su protegido. Antes de que Aquiles pudiera verlo había desaparecido, «porque un dios inmortal no debe cuidar visiblemente a los mortales» (Ilíada 24, 463 y sigs.).
También aquel que lucha por su vida, cuando experimenta en la suprema necesidad una maravillosa seguridad y poder, puede ver personificada ante sí una deidad. Desesperadamente, pelea Aquiles con las ondas del Escamandros y se queja a los dioses, ¿por qué ellos querían hacerlo morir de manera tan miserable? Pero ahí están de pronto Poseidón y Atenea a su lado, toman su mano y le aseguran que Zeus lo defenderá y la corriente no podrá arrastrarlo. Al mirar a su alrededor los dioses han desaparecido. Pero Aquiles, cuyo ánimo fue conmovido tan profundamente, se preparó intrépido para la marcha, con la firmeza y el poder que le habían concedido los dioses (Ilíada 21, 284 y sigs.). Él ha visto cara a cara a Poseidón y Atenea y ellos mismos lo han llamado por su nombre. Lo maravilloso que aconteció mediante la aparición no es otra cosa que, como sabe decirlo aquel que no tiene más esperanza, en medio del torrente de la corrupción de pronto se termina respirando la vida elevada del poder y de la victoria. Aquiles no responde a los amigos divinos, tampoco lo esperan ellos, solamente desaparecen inmediatamente, como han venido. Lo que permanece es la acción en su alma y en sus miembros. Él no ha sido dispensado de la fatiga ni del combate, pero pelea con el elevado tono del vencedor.
¿No es también del mismo estilo la famosa entrada en escena de Atenea en auxilio de Aquiles en lucha con Héctor? (Ilíada 22, 214 y sigs.). En el instante en que el carro de Zeus anuncia la caída de Héctor, Apolo lo abandona (213). Precisamente, lo había animado con tal vigoroso poder que Aquiles no pudo echar a correr (203). Pero ahora debe ceder para siempre. En el mismo instante Atenea se presenta a Aquiles (214). Huye del uno la fortuna para ponerse junto al otro; así opinamos acerca del oscuro sentimiento de un poder de cuyo ser y operar nuestra prudencia se burla. Para la fe griega ellos son dioses que desde lo alto del acontecer pueden exponer al individuo que actúa corrientemente frente a una inesperada consecuencia que, entre buenos y malos presagios, debe ser consumada. Sólo Aquiles ve a la diosa y escucha de ella con encanto que ahora ha llegado el momento de su triunfo. Él no necesita preocuparse más por las carreras, ya que Héctor mismo se pondrá ante él, y eso sucede: es el primer rasgo del destino. Héctor cree ver cerca de sí a un compañero, quien se convertirá en el terrible oponente. Pero el engaño que lo halaga es su destino, la diosa: la suerte de Aquiles que se convertirá en desgracia para él. Con sincera nobleza acepta su duelo, y en el primer choque se atreve a avanzar pues Aquiles arroja lanzas que horadan el suelo. Igualmente había sido mera fanfarronada cuando Aquiles había tomado para sí la fortuna divina y le había profetizado: «Ahora no hay más escapatoria, ya que estará Palas Atenea en mi lanza y te arruinará» (270, 279 y sigs.). Pero la desgracia hace tiempo que se encuentra en camino; también lo que parece acabado es, en verdad, un fracaso, mientras que el opositor, de un modo maravilloso, lleva todo a cabo. Atenea devuelve a Aquiles sus lanzas arrojadas (276). No podemos explicarnos cómo sucede, y Héctor no observa nada, solamente que las tiene de nuevo en la mano. Ahora dispara Héctor su arma y da en el blanco, pero arrebata lejos el escudo del Pélida (291 y sigs.), y para él está perdida, porque tan alto como pudo llamó, pero su compañero había desaparecido sin dejar huella (295). Ahora lo sabe todo: los dioses lo han llamado a la muerte. La aparición del hermano era un fraude de la diosa Atenea (297). Le queda una heroica y gloriosa caída (304 y sigs.). Saca la espada fuera de la vaina y se arroja contra el adversario, derecho a sus lanzas: la armadura deja un peligroso lugar al aire, allí se entierra el bronce. Esta historia es tan grande como verdadera. Nosotros podemos pensar las formas de los dioses sin que ellos mismos cambien, porque es sólo natural. Mediante la incorporación de lo divino desaparece toda casualidad; los sucesos individuales y su generalidad se reflejan en lo eterno y así nada se pierde de la sangre y del aliento del presente vivo.
En ninguna parte de la Ilíada se palpa nuevamente una deidad tan personal y de modo tan consecuente, como cuando Atenea favorece a Diomedes en el libro quinto. Ella quiere coronar a su favorito con fama (2 y sigs.), y lo colma de poder y arrojo. Como fuego ardiente brillan sus armas y así se arroja en medio de la barahúnda del combate (4 y sigs.). En su primer lance golpea a un troyano. Luego cae al igual que una corriente avasalladora a través del campo de batalla y dispersa las huestes del enemigo (85 y sigs.). Allí lo encuentra la flecha del arquero Pándaro (95 y sigs.). Sus opositores se alegran; él cree haber alcanzado el temor de un fin seguro (103 y sigs.). Pero Diomedes se deja arrancar la flecha por Esténelo y ruega a Atenea (115 y sigs.): «¡Escúchame, hija de Zeus tonante, Atrytone! ¡Ya que tú salvaste a mi padre con sentido amistoso en sangriento combate, ayúdame también a mí ahora, Atenea! No permitas al hombre matar, permíteme estar lejos de los disparos que anuncian combate y exaltación, que nunca más me sea negada la luz del sol». Y Atenea lo escuchó. Ella dio a sus miembros maravillosa agilidad (122). Sí, y ella misma apareció ante él y le dijo que había puesto en su corazón el fuerte espíritu del padre; él debería ir ahora intrépido al combate; ante los dioses en figura humana no debería estar temeroso, ya que ella le había capacitado para distinguirlos de los hombres. Él debía evitar a los inmortales, con excepción de Afrodita; cuando ésta apareciera en el campo de batalla tenía que encontrarla con la parte aguda del bronce (124 y sigs.). Las palabras de Atenea se cumplieron inmediatamente en el momento que desaparecía y Diomedes se arrojó sobre el enemigo. Durante el combate, fue tres veces heroicamente animado (135), igual que cuando un león irrumpe en una majada (136). Donde él atropella cae un troyano. Eneas no lo reconoce, lo observa con terror y sigue a Pándaro, para dirigir su arco en dirección a él (174), pero teme igualmente que pueda abrigarse un dios en la forma de un feroz humano. Pándaro cree reconocer a Diomedes, pero ya con sus flechas lo había alcanzado mortalmente: de ser realmente un dios debe hacerlo invisible y protegerlo de todo peligro. Y Pándaro maldice su arco que sólo le había traído engañosas consecuencias. Pero Eneas le habla: ambos quieren oponerse juntos a este hombre. Deja a Pándaro subir a un carro, toma él mismo las riendas en su mano y marchan hacia Diomedes (24), quien había sido avisado del peligro por su piloto Esténelo. Pero el consejo de retroceder sólo lo indignó, no quiere apartar el carro, sino, como está, enfrentarlos a ambos. «Que Atenea no me permita ser cobarde» (256), y predice que por lo menos uno de los dos debe cumplir su destino; cuando Atenea le permita el glorioso y triunfal poder de matarlos (260), Esténelo debe llevar al caballo de Eneas como despojo del combate. Atenea guía la lanza de Diomedes y derriba a Pándaro mortalmente (290 y sigs.). Eneas salta del carro para proteger el cadáver del amigo (298), allí lo alcanza la pedrada de Diomedes, cae sobre sus rodillas, la noche envuelve sus ojos, y sólo la apresurada venida de Afrodita lo salva de la muerte. Cierra los brazos en torno del hijo, lo cubre y lo lleva (312 y sigs.). Pero Diomedes, que recuerda las palabras de Atenea, los sigue y alcanza la mano de la diosa con la lanza. Afrodita grita, deja caer a su hijo (543) y vuelve lastimera al Olimpo. Allí tomó Apolo al desamparado, y lo arrebató en una nube oscura (344). Pero Diomedes, que conoce perfectamente al dios (434), no se abandona ahora, hasta que Apolo con voz tonante en el temblor le dice: «Piensa, hijo de Tideo, y vela, no te mezcles con los dioses porque no son del mismo modo los dioses eternos y los cambiantes hombres» (440 y sigs.). Diomedes flaquea y el dios rapta al desvanecido, a quien protege en su santuario troyano, en el cual Leto y Ártemis lo asisten y permiten a los griegos y troyanos luchar en torno de un simulacro del malherido Eneas (449). Entonces Apolo encarga a Ares el cuidado de Diomedes; lo hace subir al mismo carro de los dioses, parte velozmente y se aleja de los pastos del combate (456). El dios de la guerra no permite que se le diga algo dos veces: toma la forma de Acamante (462) y grita a los troyanos que deberán mostrarse finalmente como hombres. «¡En el suelo yace el grande Eneas! Arriba, vayamos a salvar al compañero caído en la barahúnda del combate» (469). La llamada tiene un eco entusiasmado. Se enciende una feroz batalla, y milagrosamente Eneas, el derribado, cuyo debilitado cuerpo nadie creyera que volvería a la lucha, apareció de nuevo entre los suyos. Apolo le ha devuelto la salud y llenado el pecho con poderío viviente (512 y sigs.). Pero nadie lo sabe. La alegría es grande, pero nadie pregunta, porque la batalla los mantiene a todos sin aliento. Conducidos por Ares y Enió, los troyanos avanzan. Diomedes, el único a quien le ha sido dado reconocer al dios en el impetuoso Acamante (604), se asusta y aconseja a los suyos replegarse luchando. Mucha sangre se derrama por el golpe de Héctor y de Ares (704) hasta que por fin Hera y Atenea, con el apoyo de Zeus (765), vienen personalmente en ayuda de los sufrientes griegos. Lo hacen de la manera conocida en que una faceta de la actualidad divina se hace interior y solamente a algunos escogidos, en instantes muy especiales, les es permitido experimentarlo. Hera se aparece a los griegos en la forma de Esténtor (785) y su voz monstruosa clama deshonra para sí, que ha sido tan cobarde, ya que Aquiles no está más a sus pies. Atenea alcanza a Diomedes, quien se halla abatido junto a su carro y cuida sus heridas. Toma la yunta de caballos y habla (799): «¡Qué poco te pareces a tu padre Tideo! ¿No te he estado apoyando, no te he dado alegre talante para luchar contra los troyanos? Pero a ti te paraliza el extenuamiento o la angustia. Así, ¿no eres el hijo del excelente Tideo?». Así reconoció a la diosa (815). «Hija de Zeus», le replicó, «no es el temor, no es la indolencia quien me retiene, sino tu propia palabra. No debía ir al encuentro de ningún dios, excepto de Afrodita. Sólo por eso he advertido a los griegos y he retrocedido, porque reconocí a Ares en la muchedumbre de los enemigos». Ahora lo mira Atenea bondadosamente: «Hijo de Tideo —le dice—, ¡protegido de mi corazón!, no temas a Ares, ya que yo peleo de tu lado» (826, 828). Y se elevó a lo extraordinario. La diosa empujó al conductor del carro de Diomedes y subió al lado de su héroe (815). Los ejes crujieron, el carro llevaba a la poderosa diosa y al excelente hombre (839), Atenea empuña las riendas para dirigir el carro recto sobre los temerosos enemigos (841). Ares está listo para desarmar a un golpeado. En ese momento Atenea se coloca la gorra del Hades para no ser vista (845). Al ser avistado por Diomedes, Ares deja caer el cadáver y marcha hacia su oponente (849). Ávido de sangre dispara la lanza hacia él, pero la invisible Atenea la desvía con la mano y hace que se dirija por encima del carro en dirección al vacío (853). Al sacar Diomedes la jabalina, Atenea lo empuja (856), la jabalina penetra en el cuerpo de Ares, y un salvaje grito hace temblar a griegos y troyanos (852 y sigs.). Entonces Diomedes ve alejarse al dios, hacia el cielo, en una oscura nube (867).
La historia de Diomedes está plena de acontecimientos extraordinarios y puede causar —al lector que tiene en la memoria los libros sagrados de la humanidad con sus mil milagros— la impresión de una historia milagrera. Aunque semejante actitud sería un modo superficial y prejuicioso de opinar.
Para la perspectiva religiosa es de importancia que aquí lo más violento, aquello que el hombre hace con toda claridad como una acción y que en verdad realiza el brazo de un dios, es lo de interés. El irresistible e impetuoso héroe se muestra tan poderoso al enemigo que puede ser tomado como una deidad en figura humana (177). Pero cuando con su jabalina lleva la muerte, sólo se produce mediante la dirección inequívoca que Atenea presta al arma (290). Y en el más extraordinario riesgo vemos a la diosa a su lado empujar la lanza que su mano desenvaina, contra el cuerpo de Ares, de tal modo que lo alcanza con graves heridas (856).
La fe dominante en todo el relato significa que cada éxito —sea solamente el tajo que derriba o la flecha que alcanza— muestra la intervención inmediata de los poderes divinos y ha encontrado aquí la más elevada expresión: la diosa se halla corporalmente junto a su protegido, lo toma de cada mano, él la ve y habla con ella. Pero cuando nosotros distinguimos lo que el poeta iluminado sabe rectificar, sobre aquello que el mismo Diomedes experimenta, reconocemos que ambos son dos momentos durante los cuales ocurre un mostrarse y escuchar de la deidad. Y nosotros no señalamos simplemente que se trata de instantes de elevada emoción, sino que realmente expresan la aparición fugaz de la divinidad que se esfuma en lo invisible. La diosa eleva la historia con acciones no aparentes: devuelve ánimo a Diomedes para la lucha, hace que su armadura brille como fuego y lo empuja al centro de la más compacta barahúnda. Primero es la necesidad, al ver el sangrar del triunfo de los golpes acertados, y con todo el ardor de su corazón le ruega, a la única, a quien su padre ha amado, que pueda tener en su mano al enemigo acérrimo, pero ella no lo anima simplemente sino que aparece de pronto frente a él (123) y lo habla. ¿Qué le dice? En la gran penuria él había recordado repentinamente a su padre, que tan poderosa plenitud pudo realizar con auxilio de Atenea. «Lucha confiado —le dice—, he puesto en tu corazón el espíritu de tu padre.» Incluso ante lo sobrehumano no debe temer porque Atenea ha dado brillo a sus ojos, y así los dioses cuando participen en el combate podrían reconocerlo y evitarlo. Las palabras de la diosa y su aparición visible, ¿qué otra cosa son sino una superabundante, una total certeza estática de plenitud piadosa? Diomedes no responde. No puede responder. La locutora divina ha desaparecido, los rostros divinos han pasado, inmediatamente, al otro lado. Él lucha, su pasión se triplica e iguala a un león. Ve dioses en acción donde los otros sólo reconocen a hombres; ve a Afrodita, Apolo y también a Ares; se pone nuevamente ante Ares y aconseja a los griegos ponerse a salvo; ve a la diosa por segunda vez, pero no reza, y sin embargo está claro que la aparición divina responde a la necesidad de su corazón. Sí, su discurso es como el traslucirse de su congoja e igualmente su gloriosa salvación. Se acuerda de la vivencia de Odiseo luego de la reunión militar en el segundo libro de la Ilíada. Todo sucede según lo planeado para regresar instantáneamente a casa; varias debían ser las preocupaciones y esperanzas de los muchos años; Troya debía triunfar y destinar un escarnio a los oscuros nostálgicos griegos. ¿Realmente sucedería?
En pensamientos tan oscuros y confusos ve Odiseo el movimiento. Pero allí aparece de pronto Atenea, quien le confirma precisamente esos pensamientos y también la salvación: él debe intervenir, para hablar a unos y a todos y convencerlos de que su actuar es una locura. También es así en nuestro caso. Diomedes se ve cobarde para sostenerse, mientras la desgracia irrumpe poderosa. Así como pensó en los apuros de su gran padre, sostiene Atenea delante de él que carece de valor para llamarse hijo del imperturbable Tideo. Este pensamiento refresca el corazón, sabe también que con su poco honrosa retirada solamente merece la orden de Atenea, quien le ha prohibido enfrentar a un dios que lucha con figura humana. Y aquel Acamante que precede a los troyanos es Ares. Esto dice él, aquí se resuelve el tormento de la duda que se convierte en maravillosa certeza: el inesperado riesgo no es excesivo para él, ya que Atenea misma quiere ser su compañera de lucha. Y la ve subir al carro de combate a su lado; el conductor Esténelo desaparece, la misma diosa toma las riendas y avanza al asalto. En ese instante cae el telón sobre las cosas humanas. No escuchamos nada más acerca de Diomedes. El poeta sabe que Atenea está junto a él y relata lo que ella hace. Pero la diosa se ha vuelto invisible para el dios Ares, y mucho más para Diomedes. Siente la presencia divina pero actúa como si estuviese solo. Con preciso saber y cumplido tacto nos señala el poeta un milagro. Para todos los demás aquello que Diomedes experimenta maravillosamente es sólo un acaecer natural, y nosotros apenas podemos admirarnos de con cuánta fe en la naturaleza y en sus consecuencias nos muestra el poeta todo esto ante los ojos. Diomedes ha alcanzado a Eneas con un golpe tan malo que cae al suelo y sus ojos se cierran. Cuando se dispone a ultimarlo ve escurrirse su ataque en los brazos de Afrodita. Pero no abandona, sigue a la diosa y la persigue con poder, su víctima se le escabulle: ve a Eneas bajo la protección de Apolo que lo esconde en una oscura bruma. A pesar de ello quiere atacarlo, pero entonces resuena la voz del dios, quien potentemente lo hace retroceder desapareciendo con su protegido. Los otros combatientes no llegan a enterarse. Para ellos Eneas yace inconsciente en el suelo y amigos y enemigos pelean acérrimamente en torno a él. Solamente el poeta puede decir que no es Eneas mismo sino una apariencia suya. Tampoco es visible Atenea, que está junto a Diomedes. La escena grandiosa en la que ella lucha guiando al caballo contra Ares y la lanza del héroe penetra en el cuerpo del dios se juega para los ejércitos enemigos como una lucha natural, porque no ven —como Diomedes— a Ares sino al príncipe de los tracios Acamante; y la presencia de Atenea permanece oculta. El resultado de la lucha en la que cae un dios es para todo el campo de batalla un prodigio en el cual se mezclan lo natural y lo maravilloso. El dios alcanzado grita, y creen escuchar diez mil rugidos, y una queja se eleva más allá, a través de los campos de batalla.
Así reconocemos claramente la revelación divina. Cuán extraño es el milagro, en sentido corriente, del verdadero espíritu de la piedad griega, a diferencia de otras religiones que lo buscan y lo santifican. Y particularmente se exacerba puesto que el mismo espíritu lo realiza todo mediante la acción, y esta posesión que es conocida no la olvida y permite que lo sorprenda incluso cuando deben ser festejadas las grandes acciones de los héroes maravillosos. La deidad en la cual se cree no es ninguna ilimitada señora de la naturaleza que se revela en lo más elevado, al anunciar lo más contradictorio. Ella es lo sagrado de la naturaleza misma y una, con su reino en todo experimentable, con su espíritu actual y veneradamente sensible para todas las almas piadosas. De ella se presenta lo más sencillo y habitual como lo asombroso y estremecedor, como sólo un gran corazón puede vivirlo. Y libremente aparece en el relato lo extraordinario donde los hombres poderosos actúan y sufren, está siempre presente ante nuestros ojos, como un milagro del dios que triunfa sobre la naturaleza, y como una vivencia del gran corazón. Desde lo alto del ser y del acontecer la deidad misma sale al paso de la línea natural que es sólo de ella.
Por otra parte, es muy elocuente que el dios sol cayera demasiado rápidamente a causa del apuro de Hera (18, 239). El instante se ha saturado de significación. Luego de luchas desesperadas con los enemigos, los griegos habían logrado finalmente poner en lugar seguro el cadáver de Patroclo. Se lo coloca en un lecho, alrededor se hallan los amigos lastimosos y a sus pies llora el gran Aquiles, quien sólo debía volver a ver a su protegido como cadáver; el sol se esconde apresurado por Hera, «a desgana», y reina la calma en el campo de batalla. En un no menos significativo momento de la Odisea (23, 242) la diosa Atenea retiene la aurora y permite a las sombras durar más tiempo. Fue durante la noche cuando Penélope reconoció de nuevo al marido, vuelto al hogar; no se cansaba de mirarlo, y no podía separar los brazos de su cuello. Aquí finalizan sus andanzas y sus lágrimas solitarias. Pero ésas son esporádicas audacias del poeta, pues ¿quién no siente también en ellas la verdad natural, que es el fundamento de su inmortal obra? Muestran una corriente de vida en la grandeza de su destino. Ante ella debemos conmovernos, y no ante el impávido poder de un dios.
De la maravillosa acción de Apolo se nos hablará en la Ilíada una vez (15, 307 y sigs). Pero es irreconocible qué vivencia avasallante encuentra su trasfondo en esta imagen. Las masas de troyanos flotan en la campiña griega. Fosos y muralla no han podido contener a los carros de guerra asaltantes. Así va Apolo delante de ellos. El sacudir de su égida ha trastocado a los griegos con tal pavor que huyen cobardemente (320 y sigs.). En el asalto pisa foso y muralla, luego derriba los muros tan fácilmente como un niño que juega con su castillo en la arena, tanto que la muchedumbre de troyanos se derrama sobre las posiciones griegas (355 y sigs.). Al comienzo de este relato claramente se advierte que el dios se volvió invisible (308).
Contra la dominadora impresión de una multitud de testimonios, un par de divergencias pequeñas no permite opinar. El relato hace su composición del dominio divino con la mayor claridad. La imagen, de la que debemos aprender, es la libre creación de un poeta. Pero sería muy pobre ver en ella solamente los pensamientos de un individuo o de una pequeña comunidad. Ella pone delante aquello que en la prehistoria había sido meditado, una rebelión del pensamiento para expresar, cuyo significado no puede ser alcanzado suficientemente y que de un modo necesario ha de ser consumado. Aún más asombrosamente se nos aparece el carácter específico de la fe homérica en Dios, frente a las pruebas directas de que considera, sin críticas ni verificación, ese sentimiento como algo natural de suyo comprensible. Aquí habla un nuevo linaje cuya constitución del mundo ya se ha asegurado completamente, lo caduco es dejado de lado. Y ¡cuánto de aquello que una vez fue importante es conocido por Homero! Lo anecdótico es dejado en el trasfondo, sin afligirse del espíritu heterogéneo que todavía nos habla de modo perceptible, para cuando tal prueba haga falta, ya que aquí no nos hallamos ante simple poesía, sino ante el pensamiento griego en la época poshomérica. Es decir el reconocimiento de una naturaleza que no se opone a lo eterno y divino, sino que forman un todo. La acción extraordinaria del relato homérico acerca del pensamiento y praxis griegos se ha destacado suficientemente. No podría ser guía para el futuro si no fuera la expresión verdadera del espíritu de Grecia. De los primitivos rostros victoriosos, él se ha hecho su primero y eterno monumento.